«SIEMPRE HACIA EL OESTE», RELATO GANADOR DEL CERTAMEN EUFUNDEVIVO

El certamen de relatos EUFUNDEVIVO ya tiene su relato ganador. ¿Sabes cual es?

EUFUNDEVIVO SANANDRESDETEIXIDO

eufundevivo

2021-05-23

San Andrés de Teixido
¡Hola a todas y a todos!

El primer certamen de relatos cortos de EUFUNDEVIVO sobre San Andrés de Teixido y sus Caminos de peregrinación ya tiene ganador. 

No ha sido nada sencillo escoger el relato ganador entre los participantes, no obstante, el jurado ha fallado por uno de ellos. Ha sido un placer recibir las diferentes obras que nos han transportado a través de este bonito territorio de la mano de la literatura. ¡MIL GRACIAS!

¡Dicho esto! Sin más preámbulos, os anunciamos el relato ganador:

RELATO: "Siempre hacia el oeste"

AUTORA: Ana Rapado

AQUÍ OS DEJAMOS ESTE MARAVILLOSO RELATO. ¡QUE LO DISFRUTÉIS! 

La noche antes del funeral tuve un ataque de pánico. Supongo que fue demasiado.

Marga vino en seguida y me puso una bolsa en la cara para soplar dentro, tal y como hacía yo con ella cuando éramos dos adolescentes atontadas y, de la nada, se quedaba sin respiración. En aquella época yo no tenía ni idea de qué carajo le pasaba a Marga, pero conocía el protocolo: por mucho que yo insistiera en que el aire estaba ahí y que solo tenía que aspirarlo, sabía que solo cuando ella estuviera preparada dejaría de llorar y el aire volvería a sus pulmones.

Fue idea de ella, y no mía, coger el coche de sus padres y salir pitando la noche antes del funeral. Aun hiperventilando, me arrastró hasta el Renault, bajó las ventanillas y arrancó rumbo a no sé donde. «Huyamos», dijo. Tenía una sonrisa rara y, como si fuera cosa de una bacteria en el aire del coche, sentí que me contagiaba la misma tensión en los músculos de la cara.

Hasta ese momento jamás se me había pasado por la cabeza que no ir al funeral pudiera ser una opción. Sin embargo, cuando dejamos una silenciosa Ginebra a nuestras espaldas, y nos adentramos en la autopista abrazada por el bosque, sentí que el velatorio era algo remoto que solo habitaba en la cabeza de los demás. El viento entraba por la ventanilla abierta, y me golpeaba los dientes. Esa sensación heladora recorriéndome las encías.

Marga conducía en silencio y yo imaginaba en qué estaría pensando. Quizá en las sombras que los faros proyectaban en la cuneta a esas horas de la madrugada. Quizá en sus propios ataques de pánico. «¿A dónde vamos?», le pregunté. Aunque aún no había recuperado la respiración por completo, me sentía más calmada. Marga encendió la radio. «Hace mil años que no escuchamos música juntas», me respondió. No estaba dispuesta a revelar la sorpresa antes de tiempo.

La verdad es que no era capaz de recordar la última vez que Marga y yo habíamos salido juntas a bailar. Éramos inseparables de adolescentes, quizá por ser las únicas gallegas de la clase que no tenían ningún recuerdo de Galicia. Por aquel entonces soñábamos con atravesar Europa juntas, siempre hacia el oeste, y pisar la tierra de una familia que aún no habíamos conocido. La primera en viajar a Galicia fui yo. Unas navidades, al empezar la universidad. Creo que dejar a Marga en Ginebra agrietó un poquito el corazón que siempre habíamos compartido y, poco a poco y casi sin darnos cuenta, empezamos a espaciar las noches de fiesta y confesiones.

Cuando vi amanecer por el espejo retrovisor estábamos circunvalando una ciudad llamada Ussel y le pedí a Marga que me dejara conducir. «¿En tu estado?» Me lo preguntó escandalizada, casi ofendida. «¿Qué le pasa a mi estado?», le grité, «me faltará aire, pero a ti te falta sueño y al final vas a estrellarnos». Mi ocurrencia hizo que desviáramos la mirada, incómodas, y el recuerdo de la muerte trajo consigo el recuerdo de un funeral que estaba a punto de celebrarse en una ajena Ginebra, asfixiándome un poquito más, dejándome de nuevo sin aliento.

«Ni si quiera sabes a dónde vamos», me dijo Marga mientras aparcaba el coche en una gasolinera para repostar. Tenía el pelo grasiento, recogido en una coleta, y la misma sonrisa que unas horas antes había utilizado para invitarme a huir. Me ofreció chocolates para desayunar, pero no podría haber comido nada. No quería reconocerlo, pero Marga tenía razón: mi estado era deplorable. Emprendimos la marcha de nuevo, hacia el oeste, siempre hacia el oeste; no quise decírselo a Marga para no sacarle la sonrisa de la cara, pero era obvio que me llevaba a España. El misterio, para mí, era cuándo se cansaría de conducir, cuándo diría se acabó, tienes que enfrentarte a ello, una cosa es no ir al funeral y otra fingir que no ha pasado nada. Y pensar en ello me mortificaba tanto que sentía que el ataque de pánico en realidad no había terminado todavía.

Atravesamos la frontera de Francia y llegamos a España, continuando por una carretera desde la que podíamos ver el mar. Aquello se parecía a Galicia, aunque había estado muy pocas veces. Las nubes cubrían herméticas el cielo y sentía un picor dentro de la nariz. Marga decía que era la humedad, pero yo no era capaz de olerla y me quedaba ensimismada buscando una amenazante lluvia que en realidad no terminaba de caer.

Cada poco, Marga se retorcía en su asiento recordándome las horas que llevábamos sentadas en el Renault. Charlábamos animadamente, ella se esforzaba en distraerme de aquello que dejaba atrás, y yo me esforzaba en que no se quedara dormida. Paradas en un área de descanso, apoyadas sobre el capó, miró algo en su teléfono durante largo rato. Yo sabía que a esas horas el funeral ya habría terminado y me preguntaba si alguien habría escrito a Marga para preguntar por mí. Imaginaba a la familia montando un numerito, gritando en un característico mejunje idiomático, escandalizados por mi ausencia. Sin embargo, Marga no parecía preocupada mientras miraba la pantalla concentrada y solo cuando pareció comprender algo retomamos el camino.

«¿Vamos al pueblo de tu familia?» le dije. Lo hice cuando atravesamos un túnel de entrada a Galicia y ya era evidente para ambas a donde nos dirigíamos. A Marga le dio un ataque de risa. «No», me respondió. Y no volvió a abrir la boca en no sé cuánto tiempo. La verdad es que costaba medir el tiempo en mi estado, con la cabeza embotada

y los pulmones a medio gas. Sé que el cielo hermético fue desapareciendo y dejando paso a remolinos de nubes gigantes y agujeros que dejaban pasar el sol y el cielo. Supongo que por eso el viaje se me hizo tan rápido.

Cuando Marga volvió a abrir la boca estábamos entrando en un poblado que se asentaba sobre un acantilado. «San Andrés de Teixido». Dejamos el Renault aparcado y caminamos. Estábamos tan entumecidas que tuvimos que agarrarnos la una a la otra, codo con codo, tal y como hacíamos cuando éramos unas adolescentes atontadas en una Ginebra lejana, para no tropezarnos con el suelo empedrado. «A este lugar quien no viene de muerto, viene de vivo», me dijo Marga mirándome a los ojos. Esta vez ninguna desvió la mirada. «Creo que, cuando estés lista, el aire volverá a tus pulmones. Mientras puedes quedarte aquí». Nos quedamos a la intemperie, escuchando música juntas en su teléfono móvil. Yo me aferraba a su brazo imaginando el momento en que Marga se subiera en el Renault y emprendiera el regreso a Ginebra sin mí. La imaginaba con su coleta grasienta y la acumulación de sueño enfrentándose sola el desastre de mi propio funeral. «Me alegro de que hayamos venido juntas», le dije.

Paseamos por los caminos que morían en el santuario. Yo seguía entumecida. Tenía la sensación de estar aprendiendo a caminar de nuevo cuando llegamos a un abismo desde el que se veían el valle y sus caballos, una gran quebrada y el mar. Sobre el mar las nubes recortadas y, sobre su perfil naranja, el atardecer y un cielo abierto que se abría por fin a una nueva noche.

Pseudónimo: Jacinta Rockatansky

- Visita guiada para 4 personas en San Andrés de Teixido por un guía oficial de turismo de Galicia.

- Lote de productos de EUFUNDEVIVO

- Sanandreses de la artesanía local (Agradecemos la aportación y colaboración del artesano Jorge Bellón para este premio)

- Diploma que certifica el relato ganador.

- Publicación en los medios de comunicación de EUFUNDEVIVO.

OTROS PREMIOS

¡No ha sido fácil elegir! Pero tras ver el trabajo y la dedicación que los participantes han puesto en la elaboración de los relatos, junto al jurado hemos decidido lo siguiente. El día de la romería de San Andrés, el 8 de septiembre de 2021, se ofrecerá una visita guiada gratuita para los participantes en el certamen. ¿Qué os parece? ¡Intentaremos tener un rico aperitivo para ese día si el COVID lo permite!

La visita la realizará un guía oficial de turismo de Galicia en colaboración con Antonio  Rúa, cura de San Andrés de Teixido e historiador del arte. Queremos agradecer vuestra participación en el certamen y aprovechar para vivir una jornada "no Cabo do Mundo" entre historia y tradición. 

Eu fun de vivo a San Andrés de Teixido!